La AEMPS adapta los formatos de antibióticos humanos a las pautas clínicas, pero el debate sobre la veterinaria sigue abierto
La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) ha decidido adaptar los formatos de antibióticos humanos a las duraciones reales de los tratamientos para reducir los sobrantes de medicamentos en los hogares y evitar usos posteriores sin control médico. No obstante, el anuncio se refirió únicamente a salud humana, dejando abierta una pregunta inevitable: ¿por qué no aplicar también esta lógica al ámbito veterinario?
La propia AEMPS admitió que una adaptación similar en medicamentos veterinarios “sería de gran interés”, una declaración que evidencia que el debate ya está encima de la mesa y que la salud animal forma parte inseparable de la salud pública.
Y es que la resistencia a los antibióticos ya no es una amenaza futura ni un problema limitado a los hospitales. La Organización Mundial de la Salud la considera uno de los mayores riesgos sanitarios globales, ya que compromete la eficacia de tratamientos que durante décadas han permitido combatir infecciones comunes, realizar cirugías seguras o tratar enfermedades complejas.
En este escenario, la atención pública suele centrarse en la medicina humana: el abuso de antibióticos, la automedicación o los tratamientos interrumpidos antes de tiempo. Sin embargo, existe un segundo frente que durante años ha tenido menos visibilidad, pero que resulta igual de relevante: el uso de antibióticos en animales.
Uso en animales
El uso de antibióticos en veterinaria no es algo nuevo. Desde hace décadas se emplean para tratar infecciones en mascotas, animales de granja y especies destinadas al consumo humano. En muchos casos son herramientas imprescindibles para garantizar el bienestar animal y evitar la propagación de enfermedades.
El problema aparece cuando el consumo es excesivo, inadecuado o poco controlado. Igual que ocurre en medicina humana, un uso incorrecto favorece que determinadas bacterias desarrollen resistencia y sobrevivan a los tratamientos. Con el tiempo, esas bacterias resistentes pueden transmitirse entre animales, personas y medio ambiente.
Precisamente ahí radica una de las mayores preocupaciones de los expertos: las resistencias no entienden de fronteras entre especies. Una bacteria resistente detectada en animales puede acabar afectando también a humanos a través del contacto directo, de la cadena alimentaria o incluso del entorno.
España ha sido históricamente uno de los países europeos con mayor consumo de antibióticos tanto en humanos como en veterinaria. En los últimos años, sin embargo, las cifras han mejorado gracias a campañas de concienciación y al impulso del Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN), coordinado por la AEMPS.
Aun así, los especialistas coinciden en que todavía existen aspectos mejorables, especialmente en relación con la adecuación de formatos y la reducción de sobrantes.
El problema de los sobrantes
La decisión de adaptar los envases a la duración exacta de los tratamientos responde a una realidad muy habitual: millones de hogares almacenan antibióticos sobrantes tras finalizar una prescripción. Esos restos de medicamentos pueden acabar reutilizándose sin supervisión médica, compartiéndose entre familiares o utilizándose de forma incorrecta ante síntomas similares. Todo ello incrementa el riesgo de resistencia bacteriana.
En veterinaria sucede algo parecido. Los tratamientos para animales no siempre coinciden con los formatos comercializados, por lo que en muchos casos sobran comprimidos, jarabes o dosis inyectables. Esto ocurre tanto en mascotas como en explotaciones ganaderas.
La diferencia es que el impacto puede ir más allá del propio animal tratado. En el caso de animales destinados al consumo humano, un uso prudente de antibióticos resulta esencial para proteger también la seguridad alimentaria.
Por eso, numerosos expertos consideran que adaptar los formatos veterinarios a las pautas reales podría ayudar a reducir desperdicios y mejorar el control sobre estos medicamentos.
Mascotas y convivencia
Los animales de compañía también ocupan un lugar cada vez más relevante dentro de este debate. Perros y gatos conviven estrechamente con las personas: comparten espacios, sofás, camas y rutinas diarias. Esa cercanía favorece también el intercambio de microorganismos.
Diversos estudios europeos han identificado bacterias resistentes compartidas entre mascotas y propietarios. Esto no significa que convivir con animales sea peligroso, pero sí demuestra hasta qué punto la salud humana y animal están conectadas.
Por ello, veterinarios y farmacéuticos insisten en la importancia de evitar prácticas como guardar antibióticos “por si acaso”, reutilizar tratamientos antiguos o administrar medicamentos sin diagnóstico profesional.
La concienciación resulta especialmente importante en un momento en el que muchas familias consideran a sus mascotas un miembro más del hogar y aumenta la demanda de tratamientos veterinarios.
Una sola salud
En los últimos años ha ganado fuerza el concepto “One Health” o “Una sola salud”, una estrategia internacional que defiende que la salud humana, animal y ambiental forman parte de un mismo sistema. Bajo esta visión, combatir la resistencia bacteriana exige actuar de manera coordinada en todos los ámbitos: hospitales, farmacias, clínicas veterinarias, explotaciones ganaderas y medio ambiente.
La Unión Europea ya ha endurecido la normativa sobre medicamentos veterinarios y ha limitado especialmente el uso preventivo de antibióticos en animales de producción. El objetivo es reducir la presión sobre las bacterias y preservar la eficacia de estos tratamientos para el futuro.
Sin embargo, los expertos consideran que todavía queda recorrido en aspectos como la vigilancia del consumo, la educación sanitaria o la adaptación de formatos a las necesidades reales de cada tratamiento.
El papel de la farmacia
Las farmacias comunitarias también desempeñan un papel importante dentro de esta estrategia global. Resolver dudas sobre tratamientos, insistir en la necesidad de completar las pautas prescritas y promover el correcto reciclaje de medicamentos sobrantes son medidas sencillas, pero con impacto colectivo.
Además, la farmacia puede actuar como punto de información clave para recordar que los antibióticos no sirven para cualquier infección y que su mal uso tiene consecuencias que afectan a toda la sociedad.
La resistencia antimicrobiana ya está dificultando el tratamiento de infecciones comunes y aumentando el riesgo sanitario en todo el mundo. Y aunque el debate público suele centrarse en hospitales y pacientes humanos, el uso veterinario de antibióticos forma parte de la misma ecuación.




