Skip to main content

El calor convierte la cocina y la nevera en aliados inesperados de las bacterias: esto es lo que debes saber para no arruinar el verano por culpa de un mal plato

Cada año, entre junio y septiembre, los servicios de urgencias de toda España atienden un pico de casos de gastroenteritis y toxiinfecciones alimentarias. No es casualidad ni mala suerte: a partir de 20 grados, las bacterias como la salmonela, el campylobacter o el E. coli encuentran las condiciones ideales para multiplicarse a gran velocidad, y por encima de los 34 grados el riesgo de hospitalización por intoxicación alimentaria crece más de un 12% por cada grado adicional de temperatura. En España ya se registran alrededor de 600 brotes anuales, y la OMS calcula que entre el 40% y el 60% de todos los casos mundiales se concentran en los meses de calor. Lo que a veces parece un simple malestar pasajero puede convertirse en algo más serio, sobre todo en niños pequeños, personas mayores, embarazadas o quienes tienen el sistema inmunitario debilitado.

Qué hacer en las primeras horas

Cuando aparecen náuseas, vómitos, diarrea o dolor abdominal después de comer, lo primero y más urgente no es cortar los síntomas sino reponer los líquidos y las sales que el organismo va perdiendo con cada episodio. La deshidratación es la complicación más frecuente y, en los grupos vulnerables, la más peligrosa: puede avanzar rápidamente en forma de mareo, boca seca, disminución del volumen de orina o sensación de debilidad intensa. La prioridad es beber de forma constante y en pequeñas cantidades, ya que hacerlo a grandes tragos suele provocar más vómitos y empeorar la situación.

El mejor aliado en esa fase inicial es el suero de rehidratación oral, que se adquiere en farmacia sin receta y está formulado con el equilibrio preciso de sales minerales y glucosa que el organismo necesita para recuperarse. Es importante saber que bebidas populares como refrescos o bebidas deportivas no tienen el balance adecuado de electrolitos: aportan demasiado azúcar o pocas sales, y no sustituyen al suero en un episodio de intoxicación. A medida que el cuerpo va tolerando mejor los líquidos, se puede empezar a introducir alimentos blandos y de fácil digestión, como arroz hervido, caldo suave o tostadas, reservando para el final las verduras ricas en fibra, las frutas y los alimentos grasos. En Jon Uriarte podemos orientarte sobre qué suero o probiótico es más adecuado según el perfil de cada persona, incluidos bebés y niños.

Errores frecuentes en el tratamiento

Uno de los fallos más comunes es recurrir a antidiarreicos de venta libre para frenar la diarrea cuanto antes. Aunque parece lógico querer cortar el síntoma, en la mayoría de los casos es el mecanismo que usa el cuerpo para eliminar la toxina o el patógeno causante; interrumpirlo de forma prematura es capaz de prolongar el episodio o, en algunos casos, empeorar el cuadro. Los antidiarreicos pueden tener su lugar en situaciones concretas y bajo criterio farmacéutico, pero no son la primera opción, y en niños pequeños no están recomendados. Los antibióticos, por su parte, no sirven para la mayoría de las intoxicaciones alimentarias, que son de origen bacteriano pero se resuelven solas con reposo e hidratación; solo en casos específicos, y siempre bajo prescripción médica, tienen indicación.

Lo que sí tiene evidencia científica creciente es el uso de probióticos durante y después del episodio. Varios estudios, recogidos también en protocolos pediátricos de hospitales, señalan que ciertas cepas como el Lactobacillus GG o el Saccharomyces boulardii llegan a reducir hasta en un día la duración de la diarrea infecciosa y a restablecer el equilibrio de la microbiota intestinal, que queda alterada tras la enfermedad. Tampoco conviene ignorar el paracetamol si hay fiebre o dolor abdominal intenso, ya que aliviar esos síntomas facilita que la persona pueda seguir bebiendo líquidos con regularidad.

El verano causa más riesgo

El calor no actúa solo. Para que se produzca una intoxicación alimentaria tienen que coincidir tres factores: un microorganismo patógeno, un alimento que le sirva de vehículo y unas condiciones ambientales que favorezcan su multiplicación. En verano, los tres se potencian mutuamente: las temperaturas de entre 20 y 45 grados son las óptimas para la reproducción de la mayoría de las bacterias implicadas, y además cambian los hábitos, con más comidas al aire libre, barbacoas, picnics y mayores desplazamientos donde el control de la cadena de frío es más difícil. La salmonela es la protagonista habitual, responsable de la mayoría de los brotes notificados en España, seguida del campylobacter y el norovirus. Los alimentos más frecuentemente implicados son los que contienen huevo crudo o poco cocinado, como mayonesas caseras, tortillas sin cuajar o salsas elaboradas en el momento.

Llama la atención que el 60% de las intoxicaciones alimentarias no ocurren en restaurantes ni en chiringuitos, sino en el propio hogar, según expertos en seguridad alimentaria. La nevera mal ajustada, los alimentos que se quedan fuera de refrigeración más tiempo del recomendado, o el contacto entre alimentos crudos y cocinados son los desencadenantes más habituales. La nevera debe mantenerse por debajo de los 4-5 grados y los alimentos perecederos no deben permanecer más de una hora a temperatura ambiente cuando hace calor, frente a las dos horas que se toleran en invierno. El pescado que vaya a consumirse crudo, como los boquerones en vinagre, requiere congelación previa a -20 grados durante al menos cinco días para eliminar el anisakis.

Cuándo acudir al médico

La mayoría de los episodios de intoxicación alimentaria se resuelven en 24-72 horas sin más tratamiento que reposo y rehidratación. Sin embargo, hay señales que indican que la situación ha dejado de ser leve y que es necesario acudir a un médico sin demora: más de diez deposiciones líquidas en un día, presencia de sangre o moco en las heces, fiebre que sube por encima de los 38,5 grados, vómitos tan frecuentes que impiden retener cualquier líquido, dolor abdominal muy intenso o cuadros neurológicos como visión borrosa, hormigueo o dificultad para tragar, que suelen indicar una intoxicación más grave como el botulismo. La deshidratación severa, con signos como mareo persistente, escasa orina de color muy oscuro o pérdida del nivel de conciencia, también exige atención urgente.

En los grupos de mayor vulnerabilidad, los umbrales para consultar deben ser más bajos. Un bebé con vómitos y diarrea se deshidrata en pocas horas; una persona mayor no es capaz de percibir bien la sed y puede llegar al centro de salud ya en un estado comprometido; una embarazada con listeriosis, una intoxicación menos frecuente pero más seria, corre riesgo de complicaciones graves para el feto aunque ella misma apenas tenga síntomas. Ante cualquier duda sobre la gravedad del cuadro, lo más sensato es recurrir a un profesional antes de que las horas pasen y la situación empeore. Antes de llegar al médico, la farmacia es el mejor punto de consulta: en Jon Uriarte podemos ayudarte a valorar la situación y recomendarte el tratamiento más adecuado.